Dejaba claro Francis Ford Coppola en el fantástico documental ‘Hearts of Darkness‘ que, en el mundo del arte, no hay línea más fina que la que separa la obra maestra de la más inaguantable pretenciosidad. Por esa delgada línea roja —patapam chin pum— ha caminado siempre Terrence Malick, con ‘El árbol de la vida’ y sus dos horas y veinte de crecimiento como el mejor ejemplo posible.

Con el director estadounidense, por supuesto, uno tiene que saber a lo que se enfrenta. No basta, como pasó con tantos espectadores, con acudir raudo a las salas de cine al ver a Brad Pitt en los pósters de la cartelera. Hablamos de Terrence Malick, un «autor» no apto para forradoras de carpetas ni fanáticos de ‘Snatch’.

Asumido por tanto el riesgo de visionar una obra del genuino director, ‘El árbol de la vida’ ha de entenderse como la gran historia de la misma, la vida. Un rezo, una conversación con Dios, por parte tanto del director como de su alter ego, el protagonista del film. Con ellos asistimos a los procesos del crecimiento de un niño, la inocencia de los primeros años, el inexplicable florecimiento de la maldad y su consiguiente sentimiento de culpa, el deseo carnal, la rebeldía y hasta el terrible descubrimiento de que un padre no es más que un hombre: mortal, imperfecto e incluso, a veces, mediocre. Y con todo ello, el aprendizaje.

Sean Penn, flipado.

Con esa virtud que tiene de no necesitar explicar las cosas, Malick retrata a la perfección a un padre (Pitt) incapaz, por adulto, de ver que hay cosas que un niño no puede entender o apreciar: la música clásica, la constante disciplina o las charlas filosóficas sobre la dureza de la vida cuando lo único que su hijo quiere es escuchar la radio. Pitt convierte su innegable amor en exigencia, ganándose con ello el respeto, pero también el odio, de sus hijos. Y todo esto de manera tan certera que uno no puede más que aplaudir.

‘El árbol de la vida’ es también un canto a esta misma, glorificándola desde los aspectos más insignificantes —una gota de lluvia, una brizna de hierba— hasta los más grandes choques estelares, que quedan justificados en el argumento como el comienzo de todo y que nos regalan algunas imágenes sobrecogedoras y que cautivan más, si uno hace un pequeño esfuerzo, que la bestial explosión de un transformer.

Con todo, el problema está, en efecto, en la pretenciosidad. Porque para ser la historia de una vida, o de la vida en general, se echa en falta un punto de vista más terrenal, aun a riesgo de perder con ello la tan aplaudida poética de Malick. Y es que en la vida real las personas no caminan como si flotaran, no hablan susurrando ni en voz en off, ni tienen en sus rostros ese aura de paz interior, tan característica de sus personajes y que con el paso de los años no ha hecho más que acentuarse hasta llegar a lo cansino.

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Lamentablemente la pretenciosidad no queda ahí. En el último tramo de la cinta encontramos las famosas similitudes con “2001” que, a juicio de un servidor, se traducen en no saber como acabar. Asistimos entonces a un claro y nada convencional «pajote mental» que, al parecer, pretende simbolizar un renacimiento o paso hacia «algo más» de un Sean Penn tan perdido en la escena como el propio espectador. Y entonces uno puede llegar a entender —aunque desde luego no comparte— los abandonos de la sala, los ronquidos o las mofas.

Estaba Coppola en lo cierto, y en este caso Malick camina sobre ese alambre tropezando a un lado y otro. Leí en un buen libro de cine que una de las principales funciones del séptimo arte era la de “agitar al espectador”. “El árbol de la vida” sin duda cumple el cometido, aunque a unos ese zarandeo les haga volar y a otros roncar. Al fin y al cabo, para gustos los colores. Porque el cine es como la vida: así.

¿La vida es así?

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