Decía Freddie Mercury aquello de que «nada importa realmente». Y eso que lo hacía hace casi 50 años, cuando, según nos han contado a los que fuimos llegando, las cosas sí que importaban. Entonces, si un político mentía —o cambiaba de opinión, como se dice ahora—, importaba. Si la gente inocente moría y los malvados se salían con la suya, importaba. Y si había guerras, o crisis, o amenazas, casi siempre causadas por la ineptitud y la avaricia de los poderosos… Maldición, importaba.

Ya en 2024, Alexei Navalny ha sido asesinado y Mbappé inunda las redes. Topuria es el campeón de dar hostias, a María del Monte le ha robado su sobrino y el debate de ‘Zorra’ sigue abierto: ¿es feminista o todo lo contrario? Cosas que importan, y bueno, pobre el ruso aquel.

Alexei Navalni, 1976-2024

Todos somos culpables de esta nueva realidad, y yo no lanzaré la piedra. Pero si osaré a escribir las siguientes líneas tras haber estado unos cuantos años narrando como periodista las andanzas de este ruso valiente, en paz descanse tras haber insistido en hacer frente al fuego que arrasa su frío país (si juegas con Putin, o te quemas o te recetan Novichok). Las líneas, muy pocas y a modo de gancho, hablarán de ‘Navalny’, el sonado documental sobre la figura del opositor y ya mártir más importante de la reciente historia de Rusia.

Lo vimos en otras joyas del género como ‘Ícaro’, ‘Citizenfour’ o ‘The act of killing’, que también cargaban contra las trampas, los «cambios de opinión», los abusos impunes de determinados Estados. ‘Navalny’, emocionante ganador del Óscar de 2023, es uno de esos documentales en el que no se cuenta lo sucedido, sino en el que las cosas suceden. Y lo que sucede importa, o debería hacerlo.

Un clímax para el recuerdo

Tras sernos presentado, quién es, de dónde viene, a dónde va, el héroe se lanza a la aventura, sortea obstáculos, hace algún amigo y sobre todo muchos enemigos. Se adentra en la gruta, donde habita el monstruo. Una historia vogleriana que avanza rápido, fácil, muy entretenida, como el mejor thriller de espías que en verdad es. El clímax termina por llegar, y el clímax hiela la sangre. No es una escena cualquiera. Es historia del periodismo y del documental. El cierre, por su parte, es historia de Rusia.

Me obligué a ver ‘Navalny’ porque siempre supe que iba a morir pronto y cuando lo hizo ya había empezado a olvidarle. Con su muerte, la culpa, la sensación de complicidad indirecta, y el sentimiento de que al menos le debía eso: destacarle entre Mbappés y Topurias, recordar su historia y escribir mis líneas, con la esperanza de que valgan para sumar a alguien más al pésame por ese ruso valiente. Después ya cantaremos gol y zorra. Pero antes demostremos, aunque no valga de nada, que algunas cosas todavía nos importan.

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